Recordando a Esperanza

Escribía Elías Canetti en La lengua absuelta “Todo lo que aprendía de viva voz por boca de los profesores conservaba el semblante de quien lo decía y así quedaba fijado para siempre en mi recuerdo”. La voz de Esperanza todavía resuena en nosotros con todos sus matices. Tenía una buena dicción y leía de maravilla. Los textos cobraban vida en su voz. Así que siguiendo la idea de Canetti, la voz de Esperanza está en el recuerdo de tantos y tantos alumnos que asistieron a sus clases de Gramática y de Literatura.

 

Le gustaban las palabras, por eso a menudo entraba en la Sala de profesores diciendo alguna palabra perdida en el uso, pero valiosa por ser precisa en el significado o por su resonancia. También manejaba con gracia el refranero, siguiendo la tradición cervantina, entendiendo que los refranes son un motivo de reflexión y normas de conductas morales. Esperanza pertenece a esa estirpe de profesores que amaron el saber y eligieron la docencia para enseñar a los alumnos a ser, es decir, a pensar, sentir y hacer.

Dice Antonio Machado en Juan de Mairena: “La cultura debe ser para todos, debe llegar a todos; pero, antes de propagarla, será preciso hacerla”. Y esto lo hizo Esperanza en sus clases. Sabía de memoria pasajes de los grandes autores, poemas, cuentos, leyendas. Interpretaba escenas del teatro clásico. Fue desgranando ante sus alumnos día a día el saber que había hecho suyo. Vida y trabajo eran una sola cosa.

Por eso sus alumnos la respetaban porque transmitía lo que vivía, pese a que era rigurosa, exigente y ejercía su autoridad. Creo que los alumnos   han   agradecido su exigencia. Me consta que valoraba a sus alumnos e incluso me confesó que había guardado los exámenes de algunos a lo largo de su vida. Precisamente encontrar eco en los alumnos es lo que da sentido al trabajo del profesor y estoy segura que Esperanza vivió esto.

Amaba la profesión y amaba la Lengua y la Literatura. Su sonrisa y su entusiasmo casi infantil eran una característica constante.  La vi jubilarse contenta, consciente de haber entregado un buen legado entre sus alumnos. Asistía ya entonces a los sucesivos cambios en la enseñanza que le hacían ver que la sociedad estaba cambiando y que los alumnos ya no eran los de antes.

Volvió al Instituto en la celebración de los 50 años, para impartir con sencillez y maestría una conferencia sobre Tomás Navarro Tomás. Ahí me di cuenta de lo que quería al Instituto y la emoción que sentía entre sus viejas paredes.

Nos queda agradecer a Esperanza su magisterio, cada una de las clases que dio; sus aportaciones en el Claustro, sus conversaciones en la Sala de Profesores y en el Departamento y sus saludos por la calle, siempre cálidos.

 

Cristina Alonso Maeso, compañera del Departamento de Lengua y Literatura

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