In memoriam Esperanza Carrión Muñoz

“Y yo me iré.

Y se quedarán los pájaros cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las esquilas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las barcas del baño,
en el rincón oculto de mi huerto encalado,
entre la flor, mi espíritu errará callando.

                                                                              Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
                                                                      verde, sin pozo blanco,
                                                                              sin cielo azul y plácido…
                                                                                      Y se quedarán los pájaros cantando.”

Juan Ramón Jiménez

No se me ocurre mejor manera de recordarte, Esperanza. Ni mejor homenaje pensar en ti rememorando a Juan Ramón. Creo que es uno de los mejores poemas sobre la muerte que he leído nunca. Porque no evoca el final sino la vida latente que sigue a pesar del dolor de la ausencia.

Te recuerdo animosa y llena del poder que nos da a los humanos la ilusión por lo que hacemos. Una ilusión que guio tu vida muchos años y que sembró en las adolescentes mentes que trabajaste, el reto de construir el pensamiento a través del lenguaje, las letras y la imaginación. En cuántas mentes habrás dejado recuerdo, cuántas emociones habrás provocado sin ser consciente de ello, cuánto de tu ilusión y tu empeño, de tu rigor y trabajo constante no habrá quedado como modelo a seguir. No tengas ninguna duda de que lo se siembra, se recoge, aunque a veces, no lo advirtamos nunca. Y estoy segura, como lo están quienes te trataron, de que cuando te recuerden recordarán la exigencia de doña Esperanza, la catedrática de Lengua y Literatura, pero también la cercanía y el apoyo de la maestra genuina que llevabas dentro. Tus compañeros también te recuerdan llena de vitalidad, apasionada de su trabajo, con la serenidad que da una vida afectiva plena y que tan necesaria es en una labor tan comprometida como la nuestra.

Coincidí contigo pocos años, los últimos de tu larga y provechosa vida docente, pero te recuerdo en el departamento donde coincidíamos las dos todos los días en las horas sin clase y hablábamos de lo humano y lo divino. Más de lo humano, la verdad, porque eras terrenal  y apasionada, pero con la pasión tranquila y segura de quien lo tiene todo y disfruta  cada momento como un regalo. Esas charlas prosaicas, y no por ello intrascendentes, en las que compartíamos a nuestros hijos y las labores de madre que nos llenaban de serenidad. Hablabas de tu casa, tus geranios, de tu familia, lo mejor para ti, lo más poderoso que orientaba tu vida. Estabas muy orgullosa de tus hijos, con los que fuiste la maestra genuina que no descuida ninguna parcela y construye seres humanos potentes como mejor legado para la ausencia.  Hablabas con ternura de tu compañero de vida, con esa prosa cotidiana que nos acerca a los demás y nos baja a la tierra con los que nos quieren y a los que nos entregamos porque hacen nuestra vida mejor.

Tu paso por el centro, largo y provechoso, nos dejó la imagen de una mujer de carácter, poderosa, con el afán constante de enseñar y abrir mentes, exigente y capaz, que vivía el centro como suyo y contribuía a su fortaleza. Toda una vida dedicada al trabajo más hermoso del mundo, educar, llevar de la mano a tantos adolescentes a los que tu dedicación contribuyó a hacer mejores.

Cuando llegó la época jubilosa de la retirada, fuiste la más feliz, la más disfrutona. Todo el tiempo para ti, para los tuyos, para esas nietas que te colocaban la sonrisa perpetua y de las que hablabas con la ilusión de una niña chica, totalmente entregada a sus cuidados y mimos.

Te has ido muy pronto y estoy convencida de que con el pesar añadido de causar dolor a los tuyos, a los que has cuidado y querido con la entrega que te caracterizaba. Por eso, el poema de Juan Ramón me recuerda tanto a ti. La vida sigue, con sus pájaros cantando y las plantas floreciendo en tu patio, con tus hijos enredados en su vida y sus anhelos, repitiendo con sus niñas  tus enseñanzas de madre maestra y con tu Paco en el desconsuelo de la ausencia y el dolor inconsolable de una pérdida poderosa, la de una mujer de fuerte presencia y entrega infinita.

Descansa en paz, compañera.
Mercedes Fdez. Aroca

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