Para Isabel

Isabel Gómez Almendros
Despedir a una compañera es siempre difícil, pero cuando has compartido muchas horas de trabajo, y todo aquello que te une a una persona y que va más allá del tiempo que pasas junto a ella, es también doloroso.
La enfermedad terrible y vertiginosa que te ha vencido, a ti, pequeña y luchadora, una valiente que animó a todos los que la rodeábamos, no nos va a impedir recordarte llena de vida y de generosidad. Hay personas en las que una piensa y lo hace siempre con una sonrisa. Y tú, Isa, eres de esas personas. Yo no puedo evitar recordarte con una sonrisa y evocar ese “cariñete” con la que te dirigías a la gente, la ternura franca que encontraba siempre aquellos que  entraban al despacho de Jefatura. Siempre dispuesta y siempre preparada, activa y desenvuelta, resolutiva e incansable. Me has enseñado muchas cosas y creo que todos los que te han conocido y han trabajado y convivido contigo saben que estas palabras no son elogios forzados que se unen a muchas despedidas. Esto que escribo sale de dentro, sin adornos, sin otro afán que el de devolverte algo de lo que nos diste a todos los que te tratamos en el centro.
Esa vida de color, animosa y cordial, la fortaleza de lo pequeño en lo cotidiano. El avanzar y conseguir. La satisfacción por los éxitos y el trabajo callado de las hormiguicas  que urden sin desfallecer grandes obras y dejan para otros las medallas y el brillo.
Ese trabajo callado que te granjeó el respeto de tus compañeros, esa voluntad de unir y de emprender, esa vitalidad contagiosa de las personas medicina, optimistas, tonificantes, divertidas, ocurrentes, sensatas y con ganas de vivir…
Isa, tú eras medicina, una medicina pequeña y potente que llevaba dentro el amor por las cosas pequeñas  que hace grande la vida e ilumina la de los demás.
Has sido la mejor compañera que una pueda tener, generosa, leal, valerosa y fiel. Y lo saben quienes caminaron contigo. Nos dejas muchas cosas buenas, muchos recuerdos bonitos que harán más llevadera tu ausencia. Porque no lo dudes, cuando te recordemos, siempre lo haremos con una sonrisa. Ese es tu gran legado, un legado generoso que permanecerá en nosotros para recordarnos que la vida es lucha y por eso merece la pena.
A toda su familia, rota por esa ausencia irreparable que es una muerte tan temprana, os digo lo que ya sabéis, fue un placer conocerla y trabajar con ella. Nos enseñó que lo más importante es vivir una vida al servicio de los demás porque lo que no se da se pierde. Y todos sabemos hasta qué punto ella se dio a los demás.
Adiós, Isabelica. Muchas gracias por estar presente en nuestro camino. Descansa en paz.

Mercedes Fdez. Aroca